Músicos

Paquita Bernardo

Fue la primera bandoneonista y directora de un conjunto típico.

Mural que la artista Brenda Cap pintó junto a las alumnas del
Centro Cultural Osvaldo Pugliese, en Luís María Drago entre Camargo y Corrientes.

En su cédula de identidad, cuando Francisca Cruz Bernardo ya era “Paquita”, figuraba ser música, de cutis blanco, cabello castaño, nariz dorso recto, base horizontal, boca y orejas medianas.

Nunca usó pantalones porque era una moda mal vista para las mujeres de entonces, a principios del siglo veinte. Su modista, Doña Cachi, vecina de siempre, le hacía lucir pollera, una camisa simple y a veces el adorno de una corbata.

Era una de los siete hijos de María Giménez, española del sur y de José María Bernardo, andaluz de Almería. Todos los miembros de la familia, cuando tuvieron la edad aconsejable, trabajaron en el comercio del aceite y fueron también vendedores ambulantes de muebles de mimbre, plantas y macetas.

Paquita había nacido el 1 de mayo de 1900 y como era feriado, la anotaron el día 3. Desde muy pequeña la música ejerció sobre la niña una llamativa atracción, pese a que por entonces las familias de humilde condición no contaban con facilidades como para plasmar una vocación. Sin embargo una vecina, Catalina Torres, dirigía un conservatorio particular al que Paquita pudo asistir, compartiendo clases, entre otros, con un muchachito de 14 años que se destacaría tiempo después, como autor de El bulín de la calle Ayacucho: José Servidio, principal impulsor para motivar en la jovencita su inclinación por el bandoneón, instrumento que comenzó a practicar a escondidas.

En aquellos tiempos una adolescente de correcta educación que se apasionaba por la música, tenía como únicas opciones la guitarra o el piano. Pero una vez que avanzaron los estudios, buscó el apoyo de sus hermanos e hizo conocer su decisión a los padres: para ella, música significaba solamente el bandoneón. Don José, indignado, se encerró en la postura que su hija jamás ejecutaría el bandoneón, privativo de los hombres, y para colmo emparentado con el tango, música no del todo aceptada. Y lo peor para el enojado inmigrante, era que su niña estaría obligada a abrir y cerrar sus piernas, actitud impropia para una muchacha de buena familia.

Pero el amor por su hija y los consejos de algunos amigos, hicieron que José finalmente accediera a regañadientes y pese a sus reservas otorgó el necesario permiso.

Apreciada como música en su Villa Crespo natal, amenizaba reuniones familiares, cumpleaños, casamientos, bautismos y actuaba también a beneficio de hospitales y asilos de barrios vecinos, donde ya la calificaban como la revolucionaria mujer bandoneonista. Siempre la acompañaban sus hermanos y recorrió los cafés, glorietas y otros escenarios que abundaban en la calle Triunvirato, hoy Corrientes.

Para que sus padres accedieran a que se presentara en el Café Domínguez, firmaron un compromiso en virtud del cual debía regresar a su casa antes de la una de la mañana, descansar un día a la semana y hacer una sola presentación diaria, entre las 21 y la medianoche.

No pasó mucho tiempo hasta que formara su propio sexteto integrado por un muchachito vecino de barrio, llamado Osvaldo Pugliese al piano, Alcides Palavecino y Elvino Vardaro en violines, Miguel Loduca en flauta, Paquita dirigiendo y ejecutando el bandoneón y su hermano Arturo en batería. Su meta fue lograr la llegada a la Catedral del Tango, que era el Café El Nacional.

Su hermano Arturo supo comentar que cuando Paquita no había cumplido 21 años los visitó el violinista Elpidio Fernández en representación del dueño del Café Dominguez, recinto tanguero ubicado en Corrientes al 1500 entre Paraná y Montevideo, portador de una oferta de 300 pesos mensuales, cuando por entonces un bandoneonista ganaba 120. Paquita no aceptó y un mes más tarde ante el mismo emisario se comprometió por 600 pesos al mes. Fue tan notable el éxito que alcanzara en ese local con su sexteto que el salón todas las noches lucía repleto, hasta el punto que la multitud que se agolpaba en la calle, impedía el paso del tranvía. La empresa puso el grito en el cielo y debieron designar a un agente de policía en la esquina para ordenar el tránsito.

A principios de 1924 la joven se presentó en el Teatro Argentino de La Plata y en una de sus actuaciones decidió tocar y dirigir desde el foso de la orquesta. En ese mismo año participó de uno de los certámenes de tango más trascendentes, organizado por la compañía discográfica de Max Glucksmann que producía las placas Odeon. Allí presentó su tango Soñando que compitió con un centenar de composiciones.

De cada una de las piezas que concursaban, la orquesta de Roberto Firpo ofrecía un fragmento y no se aceptaban las repeticiones. En el caso del tango de Paquita fue tal en entusiasmo del público que la demanda de un bis no se hizo esperar, a lo que respondió una cerrada negativa de Firpo.

Carlos Gardel estaba en la sala y le dijo a Firpo: “Maestro, el público es soberano y hay que tener en cuenta que Paquita es la única mujer que ha dominado a ese taura que es el bandoneón”. En el concurso, el ganador fue Francisco Canaro, segundo resultó Francisco Lomuto y tercero, Cátulo Castillo correspondiéndole el premio accesit a Paquita.

La bandoneonista se comportó siempre como una joven de su casa respetando los principios morales de su familia. Vivía con sus padres en el barrio de Villa  Crespo y seguramente por su intensa vida artística no pudo atender sus sentimientos. Era bonita sin ser una belleza, de buen carácter y de muy dulce trato. Tuvo muchos pretendientes pero no llegó a ningún noviazgo formal. Sostenía que su único compromiso era con la música; con el bandoneón.
Compuso varios tangos, algunos valses y un par de  pasodobles.

 

 

Ilustración a lápiz  de Bob Row (2007)

 

 

Escultura de Inés Vega

 

El 14 de abril de 1925, cuando le faltaban 17 días para cumplir 25 jóvenes años, Paquita murió a raíz de las complicaciones de una bronconeumonía contraída por un resfriado que la sorprendiera en una copiosa lluvia que la tomó desprevenida.
Los historiadores dicen que en realidad fue una tuberculosis, tisis por aquellos años, de desenlace fatal.
Su sepelio fue una muestra de cuánto la habían amado y admirado: desde su humilde casita de Villa Crespo hasta el Cementerio de la Chacarita, el féretro cubierto de flores recorrió la calle Triunvirato, mientras de los numerosos cafés de la zona se escapaba la música de su bandoneón.

Paquita Bernardo - foto de la época.

 

Nota de Tango City enriquecida por Tango en Córdoba.

 

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